jueves, 25 de septiembre de 2014

CRISTOBAL Y SU SABIA LECCION. (3er cuento)

En un lugar no imaginario, a orillas del mar Caribe, ubicado hacia el occidente de la Ciudad, existía un poblado al pie de la montaña llamado San Esteban, donde, una vez que fallecía, se elegía un nuevo jefe para la tribu, el cual debía luchar contra la bestia que habitaba en el volcán del cerro el Café. 
Todos esperaban que, tal y como era costumbre en el pueblo, dedicase sus esfuerzos a luchar contra esa gran bestia del cuerno de fuego, el malvado ser que los atemorizaba desde hacía muchos años.

Cristóbal había prometido derrotar a la bestia, y aunque era un buen luchador, no parecía mejor que los que habían fracasado antes que él. La gente del pueblo calculaba que no duraría mucho más de un año como jefe de esa zona, eso era más o menos el tiempo que se tardaba en preparar y entrenar a un grupo de jóvenes para llegar hasta la cima del volcán, donde vivía el terrible enemigo. 

Hasta ahora ninguno de los que habían llegado hasta allá, sin importar lo valientes y fuertes que fueran, salían airosos; ellos eran aniquilados en un dos por tres.

Cristóbal no había preparado ningún ejército, ni entrenó más de lo habitual, ni inventó nuevas tácticas de lucha. Solo se limitó a cambiar el pueblo de lugar, pues en verano la bestia acostumbraba lanzar sus más feroces ataques, inundando todo con el abrasador fuego de su cuerno. Toda la población de San Esteban estaban muy preocupados y se hacían preguntas con las miradas insistentemente.

Matteo uno de los guapetones de la tribu, lo intercepto y le dijo que porque no luchaba, que hiciera algo, que fuera tan valiente y cumpliera con su destino como jefe. 

Pero Cristóbal solo se limitó a decirle: “Yo venceré a la bestia cuando llegue el momento”.

Y así pasaron los años y no hacia nada. Cristóbal se convirtió en un anciano. Y aunque la gente le respetaba como jefe, pues su estrategia de ir cambiando de lugar al pueblo había permitido salvar muchas vidas, todos le tenían por un perfecto cobarde.

Llegó el invierno y una noche, cuando ya nadie esperaba que hiciera nada, Cristóbal preparó a su grupo de guerreros. Lo hizo de pronto, sin avisar, en la noche mas fría de esa estación de invierno. La nieve, rara en aquel pueblo, cubría el suelo con una capa muy gruesa de hielo, y el grupo tuvo que marchar descalzo, con los pies helados, camino hacia el volcán del cerro el Café, a toda prisa. 

Junto a la cima del volcán encontraron la cueva de la bestia. Cristóbal entró decidido, mientras que a sus guerreros les ataco el pánico y se quedaron afuera rezando del miedo. Al poco rato, no se escuchaba nada dentro de la cueva, y decidieron entrar, y vieron al anciano de pie junto a la bestia. Ésta estaba tendida en el suelo, temblando y gimiendo, al borde de la muerte. Cristóbal y sus muchachos no tuvieron problemas para apoderarse del cuerno de fuego y encadenar fuertemente a la bestia.

De vuelta al pueblo de San Esteban, toda su gente deseaba que le relataran la aventura de cómo Cristóbal y sus guerreros habían capturado a la bestia. Ni siquiera el bebé más pequeño faltaba cuando el jefe inició su relato:
- Yo jamás había pensado luchar con algo tan abominable y feroz, y hoy tampoco lo he hecho.- dijo, creando un sentimiento de extrañeza entre los que allí se encontraban.
Y continuó diciendo:
-¿Ninguno de Ustedes se fijaron en que la bestia nunca atacaba en los peores días del invierno?, y que después de alguna época especialmente fría, ¿su fuego no era tan intenso, ni sus ataques tan temibles?-

-Todos estos años que he estado como su jefe, he estado esperando una nevada como la que hoy sucedió, ya que lo que necesitábamos no eran guerreros, sino el frío.-

Tomo aliento y Prosiguió:
- Cuando llegamos al volcán, la bestia estaba tan débil que no pudo ni luchar. Y ese fue el momento para acabar con los años de luchas y muertes que acosaban a nuestro pueblo, ahora tenemos a la bestia y su cuerno de fuego a nuestro servicio.-

Todos aclamaron la inteligencia y sabia estrategia de su anciano jefe. Le felicitaban quienes más le habían criticado y despreciado por su supuesta cobardía. Y hasta Matteo quien era el más impaciente del pueblo aprendió que, a veces, la paciencia puede llegar a ser mucho más útil que la acción, aunque tengas que ser tan valiente que permitas que te traten como un cobarde.

Grísseld LecunaGarcía/Bavaresco


“La paciencia ayuda a resolver los problemas en el momento más adecuado, aunque a veces nos obligue a soportar una gran presión”.

                 Pedro Pablo Sacristán



http://www.autoreseditores.com/libro/3712/grisseld-lecuna-garcia/la-fantasia-escrita-en-unos-cuantos-cuentos.html

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