lunes, 16 de mayo de 2022

LA NORIA PORTEÑA. SU HISTORIA

 

Serio problema representó para los primeros ingenieros que daban forma urbana a Puerto Cabello al dotarlo de un sistema de distribución de agua potable, debido entre otras cosas, a la lejanía del río San Esteban del poblado originario.


A lo anterior habría que añadir las frecuentes inundaciones ocasionadas por las crecidas de este río, toda vez que su desembocadura original estaba próxima a lo que hoy es la calle del Mercado, con serios daños materiales en la principal vía de entonces, La Jeringa y muchas de las viviendas que en el se encontraban, algo que solo pudo ser solucionado con su canalización a mediados del siglo XIX.


Sin embargo, antes de ser canalizado, muchos de los habitantes del poblado seguían movilizándose al río para obtener el preciado líquido. Y la solución se dio a finales del siglo XVIII con la construcción de un acueducto de arcadas de aproximadamente 5.000 varas de largo para conducir las aguas del río San Esteban a un punto más próximo a la ciudad, que se conoce con el nombre de La Alcantarilla.


Por las pistas conocidas y que aún se conservan, sabemos que partían en línea recta desde lo que se llamó en tiempos coloniales el Valle de Marín, terminando exactamente en el sector de La Alcantarilla.

Cuando el paisajista alemán Carl Ferdinand Appun deambulaba por las afueras del poblado (1856), en el sector de Paso Real le llamó su atención el grandioso acueducto de 15.000 pies, construido por los españoles y en sus escritos comenta que “por desgracia, no se encuentra ya en óptimas condiciones”, es decir que ese acueducto sirvió a la ciudad, al menos por seis décadas. 


La ciudad iba creciendo, así como el número de sus habitantes, extendiéndose tímidamente hacia el suroeste, así que ya el acueducto de piedra no servía de mucho.

La vieja Noria con sus arcadas de acueducto romano, traía del río San Esteban el agua fresca que calmaría la sed de los porteños. A un lado se levantaban señoriales y extrañas, curiosas casonas de madera. Eran de un estilo absolutamente distintos a las nuestras coloniales. Recordaban los modelos que se ven en las islas antillanas. Al otro lado, como buscando el mar, los huertos de los chinos que surtían generosamente el mercado.


Algo de nostalgia, sin embargo, encierra para los porteños el cauce de antaño que llamaron La Noria, como lo revelan ciertas imágenes de la época en el que el camino a Goaigoaza exhibía las viejas arcadas a un lado.

En décadas recientes las arcadas fueron destruidas para dar paso a la autopista El Palito – Muelles y, más tarde, la construcción del terminal de pasajeros. Hoy solo se conservan unos pocos metros de aquella magnífica obra, en prueba de lo poco que los gobernantes respetan el patrimonio arquitectónico.


Grísseld LecunaG/Bavaresco


Fuente:

Visiones del Viejo Puerto. Volumen II. Jose Alfredo Sabatino Pizzolante. La Vieja Noria. Págs. 13 al 19.  Rivero Blanco Editores


sábado, 30 de abril de 2022

FERNANDO PÁRRAGA, EL PARQUIMETRO HUMANO. HISTORIAS PORTEÑAS

 

A continuación les narraré una historia muy simpática que ocurrió en mi Puerto Cabello en tiempos muy remotos.

Cuenta la historia, que los campesinos que traían sus productos al Mercado Municipal se quejaban de los graves problemas que sufrían por la falta de vigilancia en el sitio donde dejaban a sus burros estacionados. Por tal motivo decidieron ir ante el Regidor (autoridad municipal) y plantearle lo que estaba sucediendo.


Estos humildes agricultores procedentes de pequeñas fincas cercanas, algunas conocidas como “conucos”, eran víctimas de ladrones, la mayoría clasificados como “rateros”, que no solo hurtaban los frutos cosechados con grandes esfuerzos, sino las herramientas y otros artículos usados en su trabajo.

El Concejo Municipal tomando en consideración el grave problema, con fecha 15 de marzo de 1899, nombró al ciudadano Fernando Párraga como “Cuidador de burros” en el estacionamiento fijado para tal fin. Igualmente se aprobó cobrar a los dueños de los jumentos (asno, burro, borrico, pollino, garañón, rozno…), la suma de 5 céntimos por cada animal estacionado. Algunos campesinos identificaban a Fernando Párraga, el encargado, como “el señor burrero”, cosa que no le agradaba mucho a dicho funcionario.


El venezolano siempre ha sido una persona muy dicharachera y ocurrente, es así como algunos campesinos identificaban a Fernando Párraga, el encargado, como “el señor burrero”, cosa que no le agradaba mucho a dicho funcionario.

Otro de los problemas que se suscitaba en aquel entonces, era con los burros y otros animales realengos en el área urbana de la ciudad, frecuentemente motivaba la  atención pública y así lo revela la nota policial a comienzos del siglo XX en el diario porteño “El Comercio”:

       AVISO.

       Se encuentran detenidos en esta Comandancia,

       por haberse encontrado vagando por las calles,

       una burra blanca y una color gris. Además una

       cabra color amarillo manchado.

Los dueños deben acudir a reclamarlos.

 

Y como diría el periodista, cronista y escritor venezolano

Oscar Yánez: “Así son las cosas”.

 

Grísseld LecunaG/Bavaresco


 Fuente:

Puerto Cabello, pinceladas históricas, Miguel Elías Dao. Pags. 63 y 64. Impreso en Venezuela por Italgráfica S.A.

Caracas, julio de 1996

viernes, 8 de abril de 2022

UNA NUEVA VISITA AL CEMENTERIO DE LOS JUDIOS Y PROTESTANTES DE PUERTO CABELLO (3ra parte)

 

A veces no conocemos los sitios o monumentos históricos que existen en nuestro lugar natal, quizás por que no hemos escuchado hablar de ellos o si lo vemos no nos interesa saber porque están allí. A veces pienso que se deba a la poca información que recibimos al respecto.


Yo que nací en Puerto Cabello, Venezuela y después de grande he tenido la fortuna, si se puede alabar, de ser un poco exploradora, averiguadora (de las cosas históricas, se entiende), me gusta hurgar entre la historia de mi suelo hermoso donde nací. 


Y dándomela de Dora la exploradora,  en días pasados estuve de visita por tercera vez junto a mi amiga Stella Sánchez en la necrópolis de los Judíos y Protestantes mejor conocida como el Cementerio de los Alemanes o Cementerio de los Protestantes, ubicado a la entrada de la urbanización Tejerías.


Estoy agradecida con Carlos Flores por tomar en cuenta mi solicitud y con Carmen León, su simpática mamá que estuvo en todo momento acompañándome. Ellos  están haciendo una labor maravillosa con el mantenimiento de este lugar, ayudados por una pequeña parte de familiares quienes tienen a sus ancestros descansando en ese camposanto, donde no solamente existen alemanes, se debe aclarar que  allí están sembrados los seres que no profesaban la religión católica.

Para hacerles un poquito el cuento, esta edificación fue construida en el año de 1844.
 
Cuenta la historia que en el siglo XIX esa necrópolis estaba destinada a ser la última morada de los judíos y protestantes que residían en Puerto Cabello y no eran aceptados en los camposantos de las Iglesias Católicas que para ese entonces eran administradas por los curas. 

Al sentir esa negatividad, un grupo de alemanes residentes en el Puerto, presidido por su fundador, el Señor Carlos A. Geller, se reunieron en el pueblo de San Esteban y decidieron comprar una parcela (aunque escuché que la cedió el señor Geller quien era una persona dotada de un corazón compasivo), y se construyó así, el  Cementerio de Judíos y Protestantes, que hoy, a 178 años de construido, se ha mantenido impecable con un encanto misterioso que atrae, por lo menos a mí.     


Aunque los estragos del abandono y la voracidad de los ladrones de tesoros históricos, durante años, han hecho de las suyas para destruir tumbas, profanarlas y robar verdaderas piezas de artes en ellas; más sin embargo, continua tan erguido y fuerte como los huesos que yacen allí.

A la entrada se puede leer "Sit Tibi Terra Levis", que es un epitafio muy usado en la época imperial romana, es una frase en latín que rememoraba poéticamente un mensaje al difunto. Un deseo de bien a los que partían hacia el descanso eterno y que significa “Que la tierra te sea leve” (o ligera).


A mediados del siglo pasado, en busca de alguna documentación, no se logró encontrar ningún registro o algún listado de las personas allí enterradas; aunque se habían recibido en recientes años, entierros de personas vecinas de San Esteban, de familiares de personas que reposan allí, con otras nacionalidades y credos, pudiendo constatar en mi cuarta visita, que ha habido inhumaciones hasta el año 2009, pero no existe por lo menos a la vista, algún documento que hable sobre ese suceso.  

Entonces, al no encontrar ningún registro, me di a la tarea de buscar esos nombres que el viento y el tiempo han tratado de olvidar, para ubicarlos y elaborar mi propio listado, aunque será imposible hallarlos todos pues algunas lapidas como comente al principio, han sido dañadas o robadas.

Días después realice esa cuarta visita acompañada de mi amiga Carmen Salazar, y me propuse a finalizar lo que en el año 2015 quería realizar, entonces con mis anotaciones anteriores, con la verificación del listado encontrado en el libro "Cementerios de Venezuela" de Hanns Dieter Elschina y con mi celular en mano tomando fotos a todas las tumbas, pude lograrlo, encontrando asi 264 reconocidas y 25 sin identificar para un total de 289 tumbas... Quizás no sean todas, pues en los panteones tambien existen lapidas robadas y es un poco difícil el adivinar cuantos hay enterrados allí. 


Además, pude verificar en esta investigación que aparte de alemanes, existen tambien Ingleses, Irlandeses, Holandeses, Escoceses, Suecos, Estadounidenses, Curazoleños, Palestinos, Rusos, Italianos y hasta venezolanos.  


Por lo larga de la lista, a continuación colocare solo los apellidos:

Aufan, Acosta, Alvins, Alwin, Altmeyer, Azagury, Arteaga.

Brandt, Baasch, Behrens, Bardi, Balluder, Belgholz. 

Capriles, Cohen, Coll, Cortissoz, Christiansen.

Delgado, Dittmer, Deisse.

Ermen, Ephraim, Erns, Echeverría, Ettedgui, Erdthmann.

Frey, Fransen, Fiol, Felix, Frederike.

Gonzalez, Geller, Gramcko, Gross, Gibson, Grundy, García Paz.


Heinrich, Heemsen, Hemsen Hellyer, Homann, Henriquez, Hagan,  Horn, Hernandez, Hale, Howard.

Julien, Jacir, Judd, Jove.

Kolster, Kock, Kerdel, Kwiers, Knutz, Krauel, Kruse , Koeneken.

Lobo, Larsen, Larralde, Lukalchik, Leefmann, Lacombe,  Lind, Lüders, López.

Meir, McCarty, Martínez, Méndez, Meyer, Maduro, Mayz, Mago, Mauss, Müller, Moller, Mendiri.

Niemtschik, Noon.

Olavarría.

Puttfarcken, Paulsen, Prahl, Pérez Bonalde, Ponce, Petersen, Price, Polly.

Römer, Runge, Reuter, Rijfkogel, Reinhard, Rojas, Rahn, Ricardo, Reinrich, Roffe.

Stürup, Stüdemann, Simon, Seidel, Salas, Sánchez, Sievers, Schilling, Sansen, Stephen.

Tams, Theodor, Tiede.

Urbano.

Vaisinberg, van Baalen, Vollbracht, Vera

Wittstein, Woodward, Welch, Wolter.

Yensen.

Zeier.


Por los momentos a este cementerio se le están realizando algunas reparaciones, esperemos que pronto podamos llevar a cabo algunas visitas guiadas.


Grisseld LecunaG/ Bavaresco




viernes, 18 de marzo de 2022

DOS HISTORIAS, DOS AMIGAS Y EL ENCUENTRO CON PERSONAS ESPECIALES

 

Yo sí creo en los ángeles, no sé si algún lector no piense igual que yo, y se lo respeto, pero es un hecho que estamos rodeados de seres angélicos, como en las pinturas, en figuras, en camisetas, e incluso en el cine. Casi todas las religiones incluyen algún tipo de creencia en forma de mensajero celestial, pero cada religión los representa desde diferentes ideas, tratando de mantener una imagen visual de ellos.


La función de los ángeles es principalmente como mensajeros de Dios (generalmente anunciando nacimientos y muertes), pero en los tiempos modernos han pasado a ser tutores. De hecho, la palabra “ángel” es utilizada para describir a cualquier héroe o benefactor. Se cree que los ángeles se aparecen a la gente en momentos de necesidad, aunque otras veces son sentidos como presencias reconfortantes, pero no se ven.

A continuación les contaré dos historias de mis amigas Zuleyma Salazar y Dilia López, las cuales tuvieron un encuentro con esas personas especiales que las ayudaron a salir de un percance y así de la nada todo se soluciono..

 

La historia de Zuleyma Salazar


Venía de Caracas. Me aproximaba al Puente de Bárbula. El carro comenzó a fallar y se apagó. Rodando aún pensé si seguía por encima del puente o bajaba hacia la universidad. Eran las 8:30pm. Baje hacia la universidad. El carro se detuvo. Me bajé. Abrí el capo y no sé para qué. 

En ese momento sentí unos pasos y al voltear vi a 4 hombres con bragas asquerosas que se venían acercando hacia mí. Inmediatamente pensé: “Violada, robada, descuartizada.” 

Me preguntaron qué había ocurrido y les comenté. Se acercaron al carro, revisaron y me dijeron que teníamos que empujarlo hasta su taller que estaba a unos pocos metros de allí pasando un portón negro. Y no tuve otro remedio en aquella oscuridad que permitirlo. Uno de ellos me preguntó dónde vivía y le dije que en Puerto Cabello. Trajo una camioneta Vans y me dijo: 

-Véngase para llevarla-. 

Y allí estaba yo, en una Vans con 4 hombres desconocidos a las 9 de la noche tomando la carretera vieja. Mi corazón quería salirse. Estaba aterrada. De pronto giran la camioneta a la derecha y comenzamos a subir una loma oscura. De pronto vi una casita media alumbrada a lo lejos y allí detienen la camioneta. El chofer baja el vidrio y grita:


- ¡Mamáaaa! voy a llevar a una amiga al Puerto. Se accidentó su carro.-

Su mamá se asomó y le dio la bendición. Me trajo a mi casa. Al día siguiente por la tarde, me trajo el carro arreglado a mi casa y cuando le pregunté cuánto era, me dijo que absolutamente nada. Que le diera gracias a Dios por no haber corrido otra suerte...

  

La historia de Dilia López


Yo perdí mi monedero (decía yo), en un café del Centro Comercial Parque Aragua, en Maracay, era un 14 de diciembre de 1987. Muchedumbres en las calles, alegría, música navideña y una fuerte lluvia, no sabía qué hacer, no era época de celulares.

Caminé buscando la salida hacia la Avenida Las Delicias, no me quedaba más que caminar hacia mi apartamento bajo la lluvia. Y pensando cómo llegar así en medio de la oscuridad se detuvo alguien y me pregunto hacia dónde iba, le indiqué y me dijo:

 - Venga, la llevo –

Agradecida a Dios pero inquieta por temor o miedo. El conductor un señor como de unos 45 años me pregunto acerca de la situación y le conté lo sucedido. Cuando llegamos frente al edificio donde yo vivía, el estacionó y me ayudó a bajar, en ese instante, se fue la electricidad; me despedí del desconocido y entre al edificio. Y allí estaba el conserje que me esperaba con mi monedero. Me dijo que alguien lo había traído.

Hasta hoy, 34 años después, no sé del conductor, ni imagino quien pudo encontrar mi monedero y llevarlo, seguro me conocía, pero ni idea….

 


Créanlo o no,  la realidad es que los ángeles han estado con el hombre desde hace milenios, su mitología evolucionará y su presencia seguirá entre todos nosotros, ya sea como humanos, como animales o sintiendo su presencia. 

La verdadera conexión de esa fuerza con nosotros está más allá de los sentidos y la razón, el amor es la única fuerza natural que nos permite conectarnos con cualquier manifestación divina. Mi pensamiento de hoy es porque cada día más y más conciencias permitan ser mensajeros de esta fuerza creadora capaz de llenar de esperanza a los que nos rodean.


Grísseld LecunaG/Bavaresco


Fuente:

Las historias fueron tomadas del Facebook de Zuleyma Salazar Thodee, acerca de una pregunta que realizó en su perfil (¿Ustedes se acuerdan de algún desconocido que les haya ayudado y que hasta hoy recuerden y le agradezcan?)

martes, 22 de febrero de 2022

EL CUENTO DE LA LIBÉLULA

 

Quiero entregarles este interesante cuento que los dejará pensando. Dicho cuento esta inmerso en el libro "Cuentos para crecer y curar" de Michel Dufour.


 El cuento de la Libélula

En el fondo de un viejo estanque vivía un grupo de larvas que no comprendían por qué cuando alguna de ellas ascendía por los largos tallos de lirio hasta la superficie del agua, nunca más volvían a descender de donde ellas estaban.


Se prometieron unas a otras que la próxima de ellas que subiera hasta la superficie, volvería para decirles a las demás lo que le había ocurrido.

Poco después, una de estas larvas sintió un deseo irresistible de ascender hasta la superficie.

Comenzó a caminar hacia arriba por uno de los finos tallos verticales y cuando finalmente estuvo fuera se puso a descansar sobre una hoja de lirio. Entonces experimentó una transformación magnifica que la convirtió en una hermosa libélula con unas alas bellísimas.

Trató de cumplir su promesa, pero fue en vano. Volando de un extremo al otro de la charca podía ver a sus amigas sobre el fondo.



Entonces comprendió que incluso si ellas a su vez hubieran podido verla, nunca habrían reconocido en esta criatura radiante a una de sus compañeras. 


Algo parecido nos pasa a nosotros los humanos:


El hecho de que después de esa transformación que llamamos muerte, no podamos ver a nuestros amigos o familiares, ni comunicarnos con ellos, no significa que hayan dejado de existir... Puede que no podamos tocarlos pero eso no les impide estar con nosotros ni mucho menos comunicarse, ellos lo hacen solo que nosotros, no lo sabemos...


"La muerte, no es más que un cambio de misión".

León Tolstoi


Grísseld LecunaG/Bavaresco


martes, 8 de febrero de 2022

SOBREVIVI. LA HISTORIA DE JULIANE KOEPCKE

 

Te presento a Juliane Koepcke. A fines de 1971, su avión había estallado en el aire (la teoría es que fue impactado por un rayo) ella se transformaría en la única sobreviviente del vuelo 505, Tenía solo 17 años y aún le quedaban 11 días de subsistencia en la selva tropical de Perú. Sola, herida y sin alimento la joven tuvo que poner en práctica todo lo que sus padres científicos le habían enseñado sobre la biodiversidad y la jungla.

Su vínculo con la Amazonia es muy fuerte. Fue donde pudo sobrevivir, pero también fue allí donde murió su madre, quien iba en el mismo vuelo que ella. Eran fiestas de diciembre e irían a encontrarse con su padre, Como si fuera una relación simbiótica, le debe a la selva su vida y misión, dado que en la actualidad es bióloga y se dedica a cuidar los ecosistemas.

Juliane conocía perfectamente la naturaleza. Había pasado gran parte de su vida rodeada de ella, y había acompañado en reiteradas ocasiones a sus padres en viajes de investigación. Su madre era ornitóloga y su padre biólogo. Ambos eran alemanes, se dedicaban a investigar la fauna peruana y sudamericana.

Incluso, Juliane llegó a vivir ahí durante un año y medio junto a sus padres antes del accidente. Esa experiencia le permitió conocer en profundidad la selva, familiarizarse con los sonidos de los animales, distinguir los peligros y orientarse. Todas habilidades que la salvaron cuando su avión explotó.

El avión se había metido en una tormenta eléctrica. "Mi madre y yo nos tomamos de la mano, pero no pudimos hablar. Otros pasajeros comenzaron a llorar, llorar y gritar. Después de unos 10 minutos, vi una luz muy brillante en el motor exterior a la izquierda. Mi madre dijo con mucha calma: "Ese es el fin, se acabó" Esas fueron las últimas palabras que escuché de ella.


El avión cayó en picada, recordó Juliane. La nave había sido alcanzada por un rayo y estalló en el aire. Juliane salió despedida por el aire y comenzó una caída libre, boca abajo, aún atada a su asiento de avión. "El susurro del viento fue el único ruido que pude escuchar. Me sentí completamente sola", admitió. En ese momento perdió el conocimiento.


Recién al día siguiente despertó. Era consciente de que había sobrevivido a un accidente aéreo. El asiento de acompañante donde iba su madre, estaba vacío. Gritó buscándola, pero sólo los sonidos de la selva le respondieron. Juliane estaba totalmente sola.

"Tenía muchas heridas y no las sentía", indicó años más tarde. Se había roto la clavícula y tenía algunos cortes profundos en las piernas, aunque no eran lesiones tan graves. También, tenía roto un ligamento de la rodilla, aunque podía caminar. Desde el suelo, oía a los aviones de rescate, pero la vegetación era densa y no alcanzaba a verlos.

Solo tenía un vestido de verano y una sola sandalia. La otra, la había perdido, al igual que sus anteojos. Con el calzado, Juliane se fijaba qué había en el suelo delante de ella, a modo de bastón. "Las serpientes están camufladas allí y parecen hojas secas".


"Tenía mucho miedo de morir de hambre", confió. No tenía cuchillos para cortar palmitos de los tallos de las palmeras, no podía cocinar raíces y no se atrevía a comer nada de su entorno. Solo bebía agua del arroyo.

Al cuarto día, oyó el sonido de un buitre y logró reconocerlo gracias al año que había vivido en la reserva junto a sus padres. "Tenía miedo porque sabía que solo aterrizan cuando hay mucha carroña y sabía que eran cuerpos por el accidente", afirmó. La primera vez que vio un cadáver fue en la selva. Eran tres pasajeros que tenían la cabeza hundida en la tierra. El impacto del accidente había sido mortal.

Al décimo día de supervivencia, ya no lograba mantenerse en pié y se dejó llevar por el río. "Me sentí muy sola, como si estuviera en un universo paralelo lejos de cualquier ser humano", rememoró.


Como si se tratara del destino, divisó un barco, y cuando, advirtió que no era una alucinación sintió la adrenalina que le permitió erguirse. Siguió un camino que la llevó hacia una choza que tenía un techo de hojas, un motor y gasolina. "Tenía una herida en la parte superior del brazo derecho que estaba infectada con gusanos de aproximadamente un centímetro de largo.

Recordé que nuestro perro tenía la misma infección y mi padre le había puesto kerosene, así que succioné la gasolina y la puse en la herida", explicó la joven.

El dolor que sintió fue intenso, pero Juliane logró sacarse 30 gusanos del brazo y pasó la noche en el lugar.

Juliane con su madre y su padre.

Al día siguiente oyó voces. Era el 3 de enero de 1972. "Fue como escuchar las voces de los ángeles", comparó. 

Los tres hombres que la encontraron la atendieron, le dieron de comer y la llevaron de regreso a la ciudad.

Juliane se enteró más tarde de que su madre había sobrevivido al accidente, pero no a la selva.

 


Grísseld LecunaG/Bavaresco


Fuente:

Historias de Leyendas. Leyendas & Mitos. Sobreviví


 

lunes, 17 de enero de 2022

UNA SIMPÁTICA ANÉCDOTA PORTEÑA

 

De las Antillas Neerlandesas llegó un día a Puerto Cabello Don Nicolás Rodríguez y en esta ciudad marinera ancló para siempre sus afectos. Ejercía la profesión de pintor y en ese campo era reconocido por sus excelentes trabajos.

Foto referencial

Toda los porteños le conocían como “Shión Nicolás” ya que nunca perdió su original manera de expresarse en un lenguaje peculiar donde el holandés, el papiamento y el español formaban una mezcla que afortunadamente la entendían la mayoría de personas vinculadas a nuestro personaje.


El maestro Rodríguez frecuentaba el Club Recreo donde mantenía sólida amistad con miembros tradicionales de ese importante centro social. En ese sitio lo encontró el párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de La Caridad, en la oportunidad en que requería los servicios profesionales de Shión Nicolás.

El sacerdote Agustino deseaba encargarle la elaboración de un cuadro pictórico que representara la Última Cena, ya que se acercaba la Semana Santa y el religioso deseaba en su templo ese sagrado símbolo con motivo de pronunciar las Siete Palabras.

El contrato fue celebrado entre los interesados con la única documentación de la palabra de honor para su cumplimiento. 

Foto referencial

Quince días después la hermosa obra fue colocada por el artista en la nave central de la iglesia y esperó hasta la semana siguiente para cobrar el trabajo.  Estaba seguro y complacido Shión Nicolás de la obra realizada, cosa que lo llenaba de orgullo por habérsele expresado así a sus amigos.


Conociendo de la ceguera que estaba afectando al anciano pintor, el cura párroco quiso jugarle una broma antes de proceder a efectuarle el pago convenido y fingiendo absoluta seriedad le dijo:

-  -  ¡Maestro..! lo que Usted pintó no se ajusta a la realidad histórica, ya que se observan alrededor de la mesa trece personas y no los doce apóstoles. –

No deseaba el ilustre veterano quedar mal con su cliente y pensando que tal vez sus ojos en esa oportunidad le hubiesen traicionado, pausadamente le contestó:

-  -  Señor Padre, fíjese bien en la pintura… son doce apóstoles y el mesonero. –

Foto referencial

Con una ruidosa carcajada el reverendo premió la excelente obra de don Nicolás Rodríguez, ya que efectivamente en ella se observaban trece personas incluyendo por supuesto a Jesucristo que estaba en primer plano.

Al cancelar la cantidad convenida, el párroco invitó al anciano artista a disfrutar en la sacristía del agradable aroma de un buen vaso de vino.

 

Grísseld LecunaG/Bavaresco

 

Fuente:

Miguel Elías Dao. Puerto Cabello, pinceladas históricas. La Última Cena. El mesonero y los doce Apóstoles. Págs. 107 - 108